dijous, 22 de maig de 2014

¿Hay que tratar la menopausia?

 

Hacia el año 1992  nació en la Comunidad Valenciana la iniciativa de llevar a cabo un Programa de Atención a la Mujer en periodo de climaterio, con el objetivo de promocionar  la salud y prevenir  la enfermedad, basándose en los resultados de una experiencia de intervención educativa y psicosocial desarrollada en el Centro de Salud de Godella por parte de enfermeras y matronas. Pretendía huir del reduccionismo biologicista y hacer intervenciones comunitarias dirigidas a detectar problemas y mejorar la calidad de vida de las mujeres en esta etapa vital.

Posteriormente, en 2006 la Consellería de Sanitat de la Comunitat Valenciana lanza el Programa de Salud de la Mujer mayor de 40 años que contempla la realización de los exámenes de salud del Adulto, actividades relacionadas con los problemas propios de la mujer de esta edad y con la oferta de actividades de educación para la salud en grupo.
También hay Sociedades científicas, Asociaciones de pacientes y proliferación de Unidades de Menopausia dispuestas a dedicar su atención a las mujeres.

La pregunta es ¿por qué debe haber programas de salud para la atención a la mujer madura? Inicialmente, se gestó pensando en las peculiaridades propias de género a nivel anatomofisiológico y psicosocial. Y, ¿por qué en la edad de climaterio? Pues por la consideración de que la edad y no solo el género determinan la asignación de roles  tales como educadora de la prole, atención a la familia, higiene doméstica, desarrollo de estilos de vida saludables en la familia, cuidadora de ancianos y personas dependientes. Todo ello convierte a la mujer en un importante agente social de salud que justificaría la intervención educativa sobre ellas.
Además concurren las circunstancias de que esta asignación de rol conlleva una carga física  y mental, dificultad de acceso al mundo laboral, a los órganos de gestión y de participación social, una limitación al propio desarrollo, dependencia económica, rutinas, aislamiento, merma de calidad de vida y de autoestima, discriminación laboral,  estrés, la llamada doble jornada-doble presencia, que lleva al techo de cristal y a una sobrecarga invisible.

Todo ello tiene implicaciones para la salud, puesto que condiciona malestar emocional con manifestaciones somáticas, de ansiedad, angustia y ánimo deprimido. Y, por tanto mayor frecuentación a las consultas médicas que los hombres, así como mayor consumo de analgésicos, antiácidos, psicofármacos, antirresortivos. Son “mujeres agobiadas” con la somatización como única expresión de su conflicto. Buscan  apoyo y soluciones frecuentando la visita médica, convirtiéndolas en pacientes vulnerables y en riesgo de sufrir medicalización de síntomas de malestar emocional, atribuibles  a circunstancias psicosociales.

A las edades entre 50 y 65 años (según estudio realizado por el grupo de la mujer de Svmfyc) las mujeres pasan de preocuparse por la anticoncepción, la sexualidad, los embarazos, el trabajo, los hijos, la economomía, a hacerlo por su salud física y mental, el nido vacío, algunas tienen síndrome de la abuela esclava. Están receptivas a aceptar chequeos e intervenciones en una etapa vital y un momento social en el que hay una “epidemia de no enfermedades”.

Ser mujer, pues, es un factor de riesgo para ser víctimas de la medicalización de sus vidas y de tener problemas derivados de tratamientos innecesarios e inadecuados. La autopercepción de enfermedad condiciona mayor dependencia, así como más consumo de recursos sanitarios y farmacológicos para conseguir bienestar. Se dispone de avances tecnológicos accesibles, al servicio de la difusión de una cultura de consumo de revisiones médicas poco fundamentadas y una práctica médica defensiva ante exploraciones preventivas.  Existe un culto al cuerpo  y un mercado lucrativo de la salud de la mujer que  es aprovechado por  la industria farmacéutica.

La menopausia, el cese de la regla o menstruación, es un proceso fisiológico, una etapa vital de todas la mujeres que, tal vez se ha medicalizado por las connotaciones mágico religiosas y socioculturales que han rodeado el significado de la menstruación a lo largo de la historia y en las distintas culturas, que van desde la devaluación porque la mujer deja de ser fértil, hasta la concepción de que se liberan de estigmas y maleficios purificándose, aunque al no poder eliminar cada mes los malos humores hacen a la mujer vulnerable a enfermedades.

Así que, en los programas de atención a la mujer menopáusica  se pasan test,  se hacen analíticas, densitometrías, mamografías, y todo tipo de exploraciones complementarias que detectan enfermedades que etiquetan a las mujeres para vivir su madurez con problemas como osteoporosis, depresión, ansiedad, sofocos, alteraciones sexuales, vaginitis atrófica.

        De modo que, los programas que surgieron para mejorar los estilos y calidad de vida de las mujeres en edad de climaterio y menopausia, para informarlas y educarlas como agentes sociales de salud y llevar una vida feliz, autónoma y solidaria, se han convertido en una fuente de diagnósticos innecesarios o inexactos, sobrediagnósticos y sobreutilización de servicios, dependencia de servicios sanitarios y de medicalización de sus vidas.

Numerosos y flagrantes ejemplos tenemos de ello, como el intento de  psiquiatrización de la menopausia como una enfermedad mental que determinó la comercialización y prescripción durante años de un neuroléptico (veralapride, Agrealr), también  indicado para los sofocos. Se retiró del mercado por efectos adversos graves, que motivaron incluso la creación de una asociación de mujeres damnificadas por este fármaco.
O el tratamiento de unas disfunciones sexuales, diagnosticadas extrapolando criterios y modelos masculinos, con parches de andrógenos, cuyo uso indiscriminado causó casos de satirismo y androgenización en las mujeres que los usaron.

También, la medicalización de la pérdida de masa ósea con fármacos de dudosas eficacia y con efectos adversos graves como bifosfonatos, ranelato de estroncio… que merecen mención a parte.

Desde 1994  y durante varios años se  recomendó por grupos de expertos, a través de documentos de consenso, de forma generalizada la terapia hormonal sustitutiva (THS) en las mujeres perimenopáusicas o menopáusicas para prevenir los efectos secundarios de hipoestrogenismo, la osteoporosis, la sequedad vaginal, la flaccidez de la piel, los sofocos, el riesgo cardiovascular. Se estima que un 38% de mujeres americanas llevaban esta terapia, especialmente las mujeres con mayor nivel sociocultural y económico. Era la panacea, el elixir de la juventud en una sociedad empeñada en exalzar el culto al cuerpo y a “la mujer 10”. Y, en 2002, a partir de tener que interrumpir una parte del ECA WHI por aumento significativo de cáncer de mama y de riesgo cardiovascular, se documentó un incremento de mortalidad por cáncer de mama, infarto de miocardio, o tromboembolismo pulmonar, motivo por el que se desaconsejó su uso para esta indicación, y en la práctica el fin del uso indiscriminado del THS.

Pero la mujer no podía quedarse sin este elixir y surgieron los fitoestrógenos, obtenidos de plantas comestibles (isoflavonas, soja, glycine max, trébol rojo, genisteina, claidzeína, gliciteina, lignanos, cumestranos, cinéfuga, aceite de onagra) con efecto estrogénico débil, comercializados como especialidad farmacéutica publicitaria no financiada o como productos dietéticos. El consumo se trasladó de la THS a estos productos de resultados controvertidos y con muy poca evidencia científica.

Posteriormente se probó con la gabapentina, sin éxito.


Y se siguió buscando alternativas a la THS, llegándole el turno a los antidepresivos con la reciente aprobación por la FDA del primer fármaco no hormonal para tratar los sofocos. Se trata de un conocido antidepresivo ISRS, la paroxetina a dosis de 7,5 mg/día, casi homeopática, mucho menor a las usadas para trastornos mentales y durante al menos 24 semanas de tratamiento. Ha sido una decisión polémica, puesto que el consejo asesor votó en contra de su aceptación con 10 votos frente a 4, puesto que el fármaco sólo ha demostrado ser eficaz en aquellas mujeres con sofocos graves (10 ó mas al día y de intensidad moderada a grave) y con resultados discretos, cifrados en una bajada de 0,9 a 1,7 sofocos/días frente a placebo.

Es anecdótico que la marca  que lo comercializa utiliza la imagen de una lámpara mágica, que por los resultados parece que no es tan mágica.

Mejorar la salud física y mental de las mujeres peri y menopaúsicas no parece que dependa de soluciones mágicas farmacológicas ni de los los médicos ni los servicios sanitarios, sino de normalizar el periodo de la menopausia como una etapa vital de todas las mujeres e implementar medidas legislativas, jurídicas y recursos socioeconómicos que garanticen el desarrollo de una vida saludable en condiciones de dignidad, igualdad y equidad. Además de racionalizar las revisiones e intervenciones sanitarias y evitar el acoso terapéutico prescribiendo fármacos innecesarios o con una relación riesgo/beneficio negativos



Addendum:
 “La edad me está re-creando
Un rostro desconocido empieza a aparecer
sobre mi rostro.
Cada día, en vez de la semblanza
A la que estoy habituada,
Otra mujer se asoma en el espejo
Y me mira desde una madurez
Que aún no reconozco
Como mía”

(Gioconda Belli)




dimecres, 14 de maig de 2014

Al borde de la homeopatía




La prensa no médica se está haciendo eco de la polémica que desde hace meses ha generado la decisión del Ministerio de Sanidad de regular los productos homeopáticos y reconocerlos como medicamentos.

Recientemente el periódico El País ha dedicado un reportaje a doble página en donde se recogen las diferentes posturas al respecto. Destacamos las declaraciones de Vicente Baos, médico de familia con una dilatada trayectoria de independencia, sensatez y sentido común en la medicina de familia y las de Joan-Ramón Laporte, farmacólogo clínico de sobrado prestigioso científico y compromiso con el uso adecuado de los medicamentos. En el reportaje se incluyen muchas otras declaraciones y opiniones, entre ellas la de la Directora de la AGEMED, Belen Crespo. Aconsejamos leer el texto en toda su extensión.

Como no podía ser de otra manera, el Grup del Medicament de la SVMFiC se adhiere completamente a la campaña Nosinevidencia. Apoyamos que se garantice la seguridad de todos los productos que se vendan en las oficinas de farmacia, pero estamos en contra de que se reconozcan como medicamentos productos que no han demostrado su eficacia mediante los pertinentes ensayos clínicos y por tanto, estamos también en contra de que se autorice su publicidad como tales.


En este sentido, es pertinente destacar que el Grupo de Utilización de Fármacos de la SEMFYC ha publicado recientemente un artículo en la revista Atención Primaria en el cual se posiciona al respecto de forma similar.

Esperemos que el Ministerio tenga en cuenta la postura de los médicos de familia de nuestro país y sobre todo que sea coherente con las conclusiones del informe que él mismo publicó sobre el tema hace tres años (ver nota al pie).


Alguna bibliografía recomendada:
1. Goldacre B. La homeopatía. En Goldacre B. Mala ciencia. Fuenlabrada: Paidós Contextos; 2011. p 45-48.
2. Víctor Javier García: La homeopatía. Vaya Timo. Edit Laetolli 2010. 176 pag.
4. Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Terapias naturales. 2011. Disponible en:  http://www.mspsi.gob.es/novedades/docs/analisisSituacionTNatu.pdf

“La homeopatía es una técnica que ha empezado a ser evaluada con criterios de medicina basada en la evidencia en los últimos años, por lo que se puede afirmar que su evaluación  científica está en sus inicios. A partir de los resultados y conclusiones de las revisiones sistemáticas publicadas, no se puede emitir ninguna recomendación basada en la evidencia  que pueda influir en las decisiones clínicas sobre su uso. En general, las revisiones realizadas concluyen que la homeopatía no ha probado definitivamente su eficacia en ninguna indicación o situación clínica concreta, los resultado de los ensayos clínicos disponibles son muy contradictorios y resulta difícil interpretar que los resultados favorables encontrados en algunos ensayos sean diferenciables del efecto placebo.” (Página 72 del documento del Ministerio de 2011).